Gotas de lluvia que inundan la ciudad. Oxígeno que me llega a través del humo del cigarro. Manos calientes, aroma a café, labios secos. Aquella melodía que no para de sonar y siento muy lejos. Mi mirada en tus ojos dormidos. Viento que golpea el cristal, y mi perro no deja de ladrar. Velas encendidas y ese olor a vainilla. Tacto suave, páginas viejas que se rompen como susurros, esos que hielan la piel. Silencios agradables, repetitivos, confusos, afligidos. Mar de estrellas, a veces fugaces, como los amores eternos. Versos inacabados en dedos inexpresivos. Las mejillas rosadas mi color favorito, como el verde, a mi lado. Y supongo que todo esto es lo que me hace ser.

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Buscar un nombre entre la arena.


Sigo con mi media botella de vodka, mi cigarro se apaga y tu no vuelves. Sigo con la misma cantidad de sueños, con mitad de ilusiones destrozadas y sin ti a mi lado. Avanzo con zapatos destrozados, con mi chaqueta en la mano y sin ir de tu mano. Suspiro promesas perdidas, desilusiones guardadas y tristezas vividas. Escondo miedos por cada esquina. Me estremezco al darme cuenta de lo fácil que es equivocarse con las personas, de lo sencillo que es quedarse con una parte insignificante de ellas y confundir esa parte con el todo, de lo poco que cuesta mezclar las causas con las consecuencias y al revés. Aprendí que perdiendo, también se gana y que nunca es tarde para empezar. Mientras que tenga uso de razón, viviré todo lo que pueda.