Gotas de lluvia que inundan la ciudad. Oxígeno que me llega a través del humo del cigarro. Manos calientes, aroma a café, labios secos. Aquella melodía que no para de sonar y siento muy lejos. Mi mirada en tus ojos dormidos. Viento que golpea el cristal, y mi perro no deja de ladrar. Velas encendidas y ese olor a vainilla. Tacto suave, páginas viejas que se rompen como susurros, esos que hielan la piel. Silencios agradables, repetitivos, confusos, afligidos. Mar de estrellas, a veces fugaces, como los amores eternos. Versos inacabados en dedos inexpresivos. Las mejillas rosadas mi color favorito, como el verde, a mi lado. Y supongo que todo esto es lo que me hace ser.

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domingo, 17 de agosto de 2014

¿No se puede multar al corazón por exceso de velocidad?


Seguía con la mirada perdida mirando al mar. El sonido de las olas era la melodía de mis pensamientos. Suspiro.
A veces mirando al mar ves lo pequeña que eres y sola que estás. Pero en ese momento no me importaba nada de eso. Solo quería cerrar los ojos y soltar todas las preocupaciones al echar todo el aire de mis pulmones. 
-¿Qué haces aquí? - Ni siquiera me di la vuelta para saber quien era. Su voz me lo confirmó. 
No le contesté. Era a quien menos quería ver en ese momento. Y él era esa clase de personas que aparecen en los momentos menos oportunos. Lo odio. Pero a la vez me encanta. 
Vi como se sentaba a mi lado abrazándose a sus piernas. Me miraba de reojo y yo a él también.
-Me has quitado mi sitio favorito para pensar. 
Lo miré, tuve el valor de fijarme en sus ojos que rápidamente desaparecieron para mirar al cielo. Quería decirle algo, pero sabía que lo mejor era el silencio. Eso era lo mejor que podía decir.
Y así seguimos un rato, sin decir nada. 

Hasta que explotó mi mente.


-¿Nunca has tenido esa sensación de velocidad? Quiero decir... Que sabes que vas muy rápido, pero te gusta, no tienes miedo y quieres correr más, y más... Hasta que te echan el freno. Y el derrape es tan fuerte que ni tú lo puedes soportar. - Bajé la cabeza. Esperando a escuchar su reacción.
-A veces, que te echen el freno es lo mejor que te puede pasar. 
-Pues no me gusta eso. Odio correr y frenar. Durante todo este tiempo es lo mismo. Correr y frenar. Correr y frenar.
Y entonces pronunció las palabras mágicas.
-A mi me encanta la velocidad si voy contigo. Pero... Tengo miedo de que no quieras ir tan deprisa y por eso echo el freno. Pero si por mi fuera, me olvidaría de la palabra <<frenar>> por ti. 

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